Como Mateo habló sin rodeos, asentí y añadí:
—Sí, el señor Felipe me mandó con la señorita Alma como infiltrada. Aún no me ha dicho exactamente qué quiere que haga.
—Entonces… ¿planea empezar a actuar contra Alma? —preguntó Ricardo con voz grave. En sus ojos, normalmente suaves, pasó un destello de frialdad.
Sabía que lo que sentía por la señorita Alma no era nada común, así que no pude evitar decir:
—No te preocupes demasiado. Por ahora, el señor Felipe no debería hacerle nada. Probablemente me