No había terminado de hablar cuando su cara se ensombreció.
La pereza que aún quedaba en sus ojos desapareció al instante; sus cejas casi se juntaron y la presión a su alrededor cayó en picado.
Lo miré con cautela.
—¿Qué te pasa? ¿Otra vez te enojaste?
Él no respondió, pero el brazo que rodeaba mis hombros se tensó de repente. La fuerza no era excesiva, pero sí firme, imposible de eludir.
Me atrajo más hacia su pecho, sin preocuparse en absoluto por sus propias heridas.
Temiendo presionar sus he