Guiados por los guardaespaldas, apenas entramos, el señor Felipe levantó la mirada. La brasa de su puro ardía con un rojo intenso.
Exhaló lentamente una bocanada de humo; su mirada se detuvo un instante en mi cara pálida y luego descendió hacia la sangre en el hombro de “Darío”. Una sonrisa sombría se curvó en sus labios.
—Ya regresaron.
Antes de entrar, ya había preparado mis emociones.
Así que, apenas terminó de hablar, las lágrimas empezaron a caer, cargadas de agravio y temor.
—Señor… yo… ca