Asentí y me acurruqué un poco más en su pecho.
En mi mente seguían repitiéndose la escena de la muerte de la “Sofía” falsa y la expresión feroz del señor Pedro; mi ánimo aún no lograba calmarse del todo.
Mateo no dijo nada más; solo me acariciaba la espalda con suavidad para tranquilizarme.
Apreté su brazo con fuerza, pero de pronto mis dedos tocaron algo húmedo.
Mi corazón se contrajo al instante; entonces recordé que había recibido varios cortes.
Me separé de golpe de su abrazo y pregunté con