Sofía cerró los ojos; sus pestañas aún temblaban levemente, pero ya no con la rigidez de antes, sino con una ligera desorientación tras haber bajado la guardia.
Pedro la depositó con suavidad sobre las sábanas de terciopelo. La tela blanda envolvió su piel fresca, igual que el cuidado que él le había brindado durante esos tres años, preciso y reconfortante.
Su beso cayó sobre su frente, con ese calor familiar del que ella dependía.
Sofía se tensó por reflejo durante un instante y luego se relajó