Esperé un rato, inquieta y llena de ansiedad. Luego, alguien abrió con fuerza la puerta de la cocina.
Seguí el sonido con la mirada y vi a Waylon salir de dentro con dos tazones humeantes en las manos. Llevaba las mangas remangadas hasta los antebrazos, dejando al descubierto sus brazos firmes, y en su cara todavía veía esa irritación mal disimulada; era como si hubiera hecho todo con disgusto.
—De verdad… pudiendo comer el banquete que había en casa de Ricardo, resulta que terminé cocinando fid