En ese momento ya ni siquiera me atrevía a saludar. Tenía miedo de que cualquiera de ellas me convirtiera en el centro de atención. Y justo cuando estaba a punto de escabullirme en silencio, la señorita Renata me llamó de golpe:
—¡Perra, tú! ¡Detente!
Me quedé paralizada, molesta, mientras la miraba.
“Qué fastidio… abre la boca y lo único que sabe decir es "perra". En serio, podría competir con Camila”, pensé en ese instante.
Después de detenerme, la señorita Renata no me atacó directamente. Má