Ricardo respiraba cada vez más agitado, y se le enrojecieron los ojos, como si su autocontrol por fin se hubiera roto. De repente, le sujetó la nuca a la señorita Alma y, sin darle tiempo a reaccionar, bajó la cabeza y la besó con fuerza.
—Ah… —dejó escapar un pequeño jadeo.
El beso fue intenso y lleno de emoción. Con urgencia, buscó los cierres del vestido de ella, aunque en sus movimientos había también un extraño cuidado; y en pocos segundos, el vestido rojo le cayó hasta la cintura.
Yo… no t