Por dentro no dejaba de blanquear los ojos: “Mateo, por favor, deja de hablar."
Mientras escribía en el papel, seguí actuando con él, resignada.
—Darío, qué malo es usted… después de quedar satisfecho, ya no me hace caso.
Mateo observó cómo me contenía; sonrió con ironía, y hasta los ojos se le llenaron de risa.
Pero apenas abrió la boca, su voz volvió a ser tosca y rasposa.
Ahí descubrí que este hombre tenía muchas habilidades… incluso sabía cambiar la voz.
Me gruñó:
—¿Qué quieres decir con "qu