Observé con asombro sus movimientos; se me encogieron los dedos sin querer.
Esa delgada máscara de piel tenía un resplandor casi transparente, y sus bordes estaban recortados con mucha precisión.
Mateo mojó sus dedos con un líquido claro y, con habilidad, se puso la máscara sobre la frente, alisándola despacio por el puente de la nariz.
Aguanté la respiración mientras veía cómo su arco marcado de las cejas quedaba cubierto, cómo la curva de sus ojos se volvía más delicada, y cómo la firmeza de s