Una frase simple y directa bastó para que los ojos se me llenaran de lágrimas.
Todo ese tiempo, el disfraz, la injusticia y la preocupación se derrumbaron en ese momento; solo quedó una alegría inmensa, unas ganas inmensas de estar con él y una emoción que me recorrió todo el cuerpo.
Me empiné y le besé la quijada porque me nació, rozándole suavemente la manzana de Adán, respondiendo a todo lo que me extrañaba.
Se puso tenso de golpe; el brazo con el que me rodeaba se apretó de repente, casi com