El señor Felipe se recostó en el respaldo del sillón y le lanzó otra mirada penetrante a "Darío". Él mantuvo en todo momento una expresión firme de lealtad absoluta.
—Señor Felipe, ordene lo que quiera. Aunque haya peligro, no importa. Al fin y al cabo, no es más que una perra; todo debe estar al servicio de sus grandes planes.
El señor Felipe asintió, satisfecho:
—Conozco bien tu lealtad. No se preocupen, esto no es peligroso; solo depende de si esta mujer de verdad quiere trabajar para mí.
—Se