—¿Cómo iba yo a saberlo...? —dije, y de repente empecé a llorar—. ¿Cómo iba a saber que el señor Pedro solo me estaba haciendo una broma? Usted misma lo vio —seguí hablando entre lágrimas—, cuando le propuso cambiarme por su esposa, él ni siquiera lo pensó antes de negarse. Todo fue porque mi esposo había tomado a su esposa como rehén una vez y él quiso vengarse, hacerme pagar por eso, burlarse de mí.
Luego continué:
—Si usted de verdad me hubiera dejado ir con él, sin duda me habría usado para atraer a mi marido y luego nos habría matado a los dos. Al no dejarme ir, igual logró su plan: pasarla bien a mi costa. ¡Buaaa...! Todo fue culpa mía por ingenua. Sabía perfectamente que él tenía otros motivos cuando vino a pedirle que me entregara y, aun así, creí que de verdad estaba interesado en mí. Perdóneme, señorita... no lo vuelvo a hacer. Usted sí es buena conmigo; esos hombres... todos son unos mentirosos, ¡todos son unos malditos mentirosos!
Eso último lo dije con un claro propósito.