Me asusté muchísimo, pero tratando de verme tranquila les grité aunque me temblaba la voz:
—¡La señorita no dio ninguna orden clara! ¿Quién los mandó? ¿Para quién trabajan?
En cuanto dije eso, las caras de los dos guardaespaldas cambiaron por completo, y eso solo confirmó lo que yo sospechaba. Sin embargo, no dijeron ni una palabra. Simplemente me agarraron a la fuerza y empezaron a sacarme de la jaula.
El corazón se me quería salir del pecho por el pánico. Si de verdad me aventaban al pozo de serpientes, lo más seguro era que la señorita no dijera nada; después de todo, hacía rato había dado esa orden porque estaba muy enojada. Y si me cambiaban en secreto para entregarme a Jeison, entonces otra vez iba a estar al borde de la muerte. No, no podía dejar que estos dos me llevaran a ningún lado.
Cuando pensé en eso, grité desesperada hacia la escalera:
—¡Señorita, ayúdeme por favor! ¡Señorita!
Pero por más que grité hasta quedarme ronca, la señorita nunca apareció. Las empleadas que esta