Me asusté muchísimo, pero tratando de verme tranquila les grité aunque me temblaba la voz:
—¡La señorita no dio ninguna orden clara! ¿Quién los mandó? ¿Para quién trabajan?
En cuanto dije eso, las caras de los dos guardaespaldas cambiaron por completo, y eso solo confirmó lo que yo sospechaba. Sin embargo, no dijeron ni una palabra. Simplemente me agarraron a la fuerza y empezaron a sacarme de la jaula.
El corazón se me quería salir del pecho por el pánico. Si de verdad me aventaban al pozo de s