Tragué saliva y la observé con cautela. En ese momento, ella comenzó a caminar hacia mí. Traía los brazos cruzados y movía el abanico de forma perezosa entre sus dedos; en su cara había una sonrisa de puro menosprecio. Cuando vi ese brillo furioso en sus ojos, me puse nerviosa e intenté sonreír de forma torpe para intentar caerle bien.
—Señorita... yo... —balbuceé.
—¡Ya cierra la boca! —me cortó de golpe.
Se rio sin ninguna alegría y, poco a poco, se agachó frente a la jaula. Sus ojos bellos y p