Tragué saliva y la observé con cautela. En ese momento, ella comenzó a caminar hacia mí. Traía los brazos cruzados y movía el abanico de forma perezosa entre sus dedos; en su cara había una sonrisa de puro menosprecio. Cuando vi ese brillo furioso en sus ojos, me puse nerviosa e intenté sonreír de forma torpe para intentar caerle bien.
—Señorita... yo... —balbuceé.
—¡Ya cierra la boca! —me cortó de golpe.
Se rio sin ninguna alegría y, poco a poco, se agachó frente a la jaula. Sus ojos bellos y penetrantes me atravesaron como cuchillos y me erizaron la piel. En ese instante recordé lo de hace un rato, cuando ordenó que me tiraran al pozo de las serpientes, y el pánico volvió a apoderarse de mí.
Ahora que Pedro se había ido y me había dejado sola frente a esta mujer furiosa, no sabía qué hacer. Todo era mi culpa por confiar demasiado en lo que Pedro podía lograr; creí como una tonta que él me sacaría de aquí. ¿Y ahora? ¿Qué se suponía que tenía que hacer?
Cuando le vi esa sonrisa tan ame