Cerré los ojos lentamente.
Los dos niños habían logrado escapar, y mi cuerpo se relajó poco a poco. Pero cuando pensé en Mateo, el corazón se me llenó de una amargura intensa y persistente. Por el tono urgente de su voz en la llamada, había entendido que nunca había dejado atrás lo nuestro. Aquella vez, cuando Carlos y yo comimos en el restaurante, él solo había fingido indiferencia, fingido no reconocerme. En el fondo, nunca me había dejado ir.
Igual que yo: por más palabras crueles que dijera