Cuando vio a esas dos pequeñas figuras encogidas, temblando de miedo dentro de ese hoyo diminuto, Mateo sintió dolor en el pecho.
—Luki… —la voz le salió débil, al borde del llanto.
Luki apretó los labios y, al final, ya no pudo contenerse; empezó a llorar desconsoladamente:
—¡Papi…!
Lloraba con el alma, todo su cuerpo temblaba; era evidente que sus nervios habían estado tensos durante demasiado tiempo. Su llanto despertó de inmediato a Embi, que miró alrededor con pánico y, cuando vio a Mateo,