A Camila le cambió un poco la cara.
Carlos apretó fuerte los puños y Javier también puso cara de confusión. Alan, que tenía la mirada atenta, se dio cuenta de inmediato de la reacción de los dos y se rio con sarcasmo, burlándose sin piedad:
—De verdad que es para morirse de la risa. Antes, todos ustedes no paraban de decir que amaban a Aurora; uno la trataba como a la hermanita consentida y el otro como a la mujer que no podía perder. Y mírenlos ahora, protegiendo a este demonio que le hizo daño