Mateo no respondió, solo le ordenó al asistente:—¡Arranca este maldito cacharro!
El carro se puso en marcha de inmediato. Por la fuerza del arranque, me fui hacia atrás y, para no caer, me agarré de su cintura. Desde arriba, escuché su risa burlona:
—Cuando estás borracha, te pones más lanzada de lo normal.
¿Lanzada? ¿De qué habla? ¡No entiendo nada! ¡Y aún no resolvemos lo del proyecto! ¿A dónde me lleva?
Me apoyé en su pecho, tirando de su camisa:
—Mateo, ¿podemos regresar? Firmemos el contrat