No alcancé ni a terminar la frase cuando Mateo me empujó contra la pared y me besó sin darme respiro.Era un beso rabioso, apurado, con ganas de castigar.
Sentía que me ahogaba, me faltaba el aire, trataba de girar la cara, de escapar, pero eso solo lo hacía enojar más.
Con una mano me agarró la muñeca cuando intenté apartarlo, y con la otra me sujetó por la nuca, apretando más fuerte.
Me dolían los labios, me ardían al mínimo roce.
No tenía cómo librarme, solo me salían quejidos.
—¡Suéltala, ani