Casi me muero de la rabia; Waylon era tan perverso. Por un lado no me permitía reconciliarme con Mateo, y por el otro no paraba de repetir que Mateo todavía me amaba. Sabía que yo aún no podía decir la verdad, así que solo decía cosas para lastimarlo una y otra vez. Cuánta maldad.
Por suerte, Mateo no le prestó atención, solo llamó a un camarero del hotel y le pidió que llevara su auto al estacionamiento. Había venido solo. No dijo nada más; tiró las llaves y caminó hacia el interior del hotel.