El corazón me dio un salto.
Miré fijamente a Mateo, recordando cómo me miraba en el salón antes, y se me aguaron los ojos sin darme cuenta.
Él estaba inclinado sobre la barandilla, con una copa en la mano, suspendida en el aire, pero no bebía; solo miraba las luces de la ciudad, perdido en sus pensamientos.
Luchando contra la tristeza, caminé despacio hacia él.
Tal vez el sonido de mis pasos lo interrumpió, porque cuando volteó, su expresión era de rechazo, como diciendo “no te acerques”.
Me sor