Cada vez me sentía peor; la cabeza me pesaba. No quería tener ningún contacto con él, pero no pude evitar agarrarme de su brazo para no caerme de nuevo. Con una voz casi desesperada, le pregunté:
—¿Qué tengo que hacer para que me dejes ir?
—¿Dejarte ir? —Javier respondió con tristeza—. Nos casamos pronto, en unos días es la boda. ¿A dónde crees que vas a ir?
Me asusté. Ya le había dejado claro que todo lo que le había dicho sobre que me gustaba y que quería casarme con él era mentira, puro teatr