Lo halagué un poco de más y, como era de esperarse, volvió a reírse a carcajadas. Por su tono, parecía que estaba de muy buen humor.
¿Y qué más daba? Si le gustaba que lo adularan, pues se lo decía; yo no perdía nada.
Con eso en mente, seguí endulzándole el oído:
—De verdad, eres la persona más brillante que he conocido; es como si me leyeras la mente. Si tengo algún plancito en mente, tú lo notas al instante. En estos días nos has controlado a todos sin esfuerzo. Frente a ti, yo soy solo una…
—