En la oscuridad, sentí un calor familiar, casi como una vieja adicción, en el dorso de mi mano.
El cuerpo se me tensó un poco; hasta la respiración se me agitó.
Esa piel un poco áspera, esos dedos delgados... era la mano de Mateo.
Y cuando su mano rozó la mía, pareció estremecerse, como si el contacto lo hubiera quemado… pero la manita de Luki o de Embi, quien estuviera entre nosotros, la agarró con fuerza e impidió que se apartara.
Esa fuerza minúscula traía una obstinación imposible de romper.