Bajé la vista sin decir nada.
De ese hombre, de mi padre, ya no quería decir nada.
Carlos sonrió con tristeza y me tomó de la mano para decir:
—Menos mal que me perdonaste. Si no fuera por ti, estaría completamente solo en este mundo. Dime, ¿qué quieres comer? Te prepararé algo ahora mismo.
Le respondí con una sonrisa:
—Haz lo que quieras, cocina alguna de tus especialidades.
—De acuerdo —respondió Carlos, acariciándome la cabeza con la misma ternura de antes. Su sonrisa tenía ese calor familiar