Cerré los ojos despacio.
Los recuerdos de antes de desmayarme volvieron uno tras otro, como olas golpeando mi cabeza.
Todo se aclaró de repente.
Sí. Yo misma había provocado esa caída; todo era parte del plan.
—Aurora, no me asustes. Dime, ¿dónde más te duele? —la voz de Mateo sonaba nerviosa, llena de pánico.
Escucharlo así me rompía el corazón.
Sujeté fuerte la sábana con una mano; con la otra, solté sus dedos.
Cuando abrí los ojos, la sorpresa se le notó en la cara.
—Aurora… —susurró.
Seria,