Aunque Waylon era violento, al menos cumplía su palabra.
Dijo que iba a recompensar a la camarera y lo hizo.
Mientras pensaba en eso, de repente me soltó el cuello.
Con un gesto de aparente cortesía, alisó la arruga que dejó en mi blusa y sonrió:
—Perdón, Aurora, me dejé llevar por la emoción.
Aparté su mano de un manotazo y respondí, con sarcasmo:
—No hace falta que se disculpe, señor Dupuis. Después de todo, usted ya ha usado a mi amiga para amenazarme y hasta soltó sus perros para asustar a m