—Aurorita, no llores, la abuela Bernard va a estar bien. —dijo Michael intentando consolarme.
Yo no podía decir nada, me sentía hecha trizas.
En ese momento, habría preferido que me tragara la tierra.
Michael me abrazó y susurró:
—No tomes tan en serio lo que dijo Mateo hace rato. Seguro tiene rabia de esos tres años juntos, y además, quiere mucho a la abuela. Por eso reaccionó así...
—Él me odia, siempre lo supe. —miré el jardín frente a la entrada, con los ojos llenos de lágrimas.
—Si la abuel