Él se sentó al otro lado del vidrio, con las manos esposadas. A su izquierda y derecha, dos policías lo vigilaban.
Tenía los ojos enrojecidos y se veía abatido.
Cuando nos vio entrar a Mateo y a mí, la mirada se le encendió por un instante muy breve, pero enseguida volvió a apagarse.
Nos sentamos del otro lado del vidrio. Mateo lo miró un momento y luego tomó el teléfono de la mesa.
Cuando Mateo levantó el auricular, Alan también tomó el suyo. Por un rato no dijo nada. Se cubrió la cara, ocultan