Su mirada era tan intensa que sentía como si quisiera devorarme con los ojos.
Mi corazón empezó a latir con fuerza, retrocedí un poco y le dije:
—Tú… ve a bañarte mejor, y vamos a dormir... dormir.
Mateo se acercó con varios botones de la camisa ya abiertos, dejando ver su pecho ancho y marcado.
Tragué saliva y lo miré desde abajo.
Conozco bien esa mirada.
Cada vez que quería acercarse, me miraba igual.
Pero ahora no tenía ganas de nada.
Todavía me dolían las rodillas y las manos, y seguía moles