La última frase de Ricardo hizo que la expresión de la señorita Renata mejorara un poco.
Luego, Ricardo volvió a mirarnos a mí y a “Darío”.
—Está bien, la gente del señor Felipe lleva rato esperando afuera. Salgan ya.
—Ah, Ricardo, señorita Renata, que disfruten su té de la tarde.
Tras decir eso, tiré de “Darío” y salimos.
“Darío” refunfuñó con desdén:
—Todo el día bebiendo té, como si fueran unos intelectuales refinados. Qué ridículo.
Lo cierto era que me estaba dando gracia. Mateo cada vez int