POV: Nahya
La oficina de la editorial olía a café fuerte y papel nuevo, no era un aroma desagradable, pero sí intimidante. Todo ahí parecía definitivo: los escritorios de madera pulida, las paredes blancas sin adornos innecesarios, las carpetas ordenadas como si cada una guardara un destino ajeno, no había pizarras con apuntes, ni risas despreocupadas de estudiantes. Ya no estaba en la universidad.
Ahí entendí algo con una claridad brutal: escribir había dejado de ser un refugio. Ahora era un negocio, Sarah, mi editora, hojeaba mi manuscrito con una concentración casi quirúrgica. Tenía una mirada penetrante, de esas que parecen leer más allá de las palabras impresas. Cuando cerró la carpeta, sentí que el aire se tensaba.
—El manuscrito es honesto, Nahya —dijo finalmente—. Duele en los lugares correctos, tienes una voz muy clara, el tratamiento de la ansiedad, el sacrificio, esa manera tan contenida de hablar del amor… —hizo una pausa—. Es justo lo que la gente necesita leer ahora, que