Castiel entró en la sala de monitoreo con la mandíbula tan apretada que sentía un dolor sordo en los oídos. El jefe de seguridad, un hombre llamado Robles que llevaba años sirviendo a los De la Rua, se puso de pie de inmediato, visiblemente nervioso..
—Señor Castiel, ya tengo lo que pidió —dijo Robles, señalando una de las pantallas.
—Ponlo. Desde que ella sale por la puerta de cristal —ordenó Castiel, cruzándose de brazos. Su mirada estaba fija en el monitor, buscando cualquier detalle que