La noche no terminó cuando Castiel apagó las pantallas de seguridad. Mientras en la mansión De la Rua el aire se volvía irrespirable por las sospechas, afuera, en las arterias oscuras de la ciudad, otro juego de ajedrez se estaba llevando a cabo..
Jaime, el hombre de confianza de Donatello, estaba apostado en un sedán negro de vidrios polarizados, a una distancia prudencial de la entrada principal de la propiedad. Sus manos, callosas por años de manejar armas y volantes en situaciones límite,