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Novia de simulación
Novia de simulación
Por: Furukawa
1. Conversaciones de medianoche

Viernes en la noche.

La música vibraba en el pecho de Jaxon. La mezcla estridente de las canciones de moda y las luces neón del bar, destellando con sus tonalidades rosadas y azules, iluminaban a la multitud sudorosa creando una espiral de colores. Con su camisa desabotonada y una sonrisa divertida, se movía con soltura frente a Danna, su compañera de baile; ambos siguiendo el ritmo con una gracia que sólo años de práctica en la pista de baile podían brindar. A su lado, su mejor amigo Auritz, aunque tenía una expresión más contenida, destellaba una chispa de alegría en sus ojos mientras bailaba con Valeria, que intentaba seguirle el paso; porque él se movía con la elegancia estudiada de un hombre que prefería la sutileza a la exuberancia.

Para Jaxon y Auritz, la noche había comenzado con una promesa de desenfreno cuando Danna y Valeria llegaron al bar; y es que después de una semana particularmente agotadora en su librería "La musa errante", Jaxon había convencido a Auritz de salir.

Necesito desconectar, Auritz. Necesito olvidarme de las montañas de libros y de los comentarios reprobatorios de mis padres ―le había dicho con un tono que mezclaba la exasperación y la resignación.

La promesa parecía cumplirse con tan sólo un par de copas de vino en el estómago y la adrenalina de la pista de baile recorriendo sus venas. Luego de algunas horas de baile frenético, ellos decidieron tomar un respiro; pero sus acompañantes, que continuaban animadas, prefirieron dejarlos ir para seguir bailando.

Ellos se abrieron paso entre la multitud hasta encontrar una mesa libre en un rincón obscuro. El volumen de la música disminuyó ligeramente, permitiéndoles mantener una conversación sin gritos.

—Esto es lo que necesitaba —dijo Jaxon secándose el sudor de la frente con el dorso de la mano. Aunque su voz estaba ligeramente ronca por el esfuerzo, se escuchaba feliz. —¿Qué te parece, Auritz? ¿Unas bebidas?

Su amigo, que estaba absorto observando a las personas que pasaban, asintió con la cabeza. —Claro. Pero esta vez, algo más tranquilo ―se apresuró a aclarar. ―Ya estoy sintiendo las secuelas del baile.

Fue el turno de Jaxon de asentir, además de sonreírle y terminó por llamar a la camarera. Mientras esperaban por las bebidas, la sonrisa de Jaxon se desvaneció, dando paso a una expresión de preocupación.

—¿En qué piensas? —cuestionó Auritz tan pronto notó el cambio.

Jaxon exhaló frustrado. —En mis padres y en todo lo que me reclaman.

Auritz sabía a lo que se refería su amigo, por lo que soltó un suspiro. —¿Qué te dijeron esta vez? —preguntó con cautela.

—A pesar de que disfrazan sus deseos en bromas —respondió con un tono de fastidio, —dicen que estoy desperdiciando el tiempo, que ya debería estar casado y con hijos; y por supuesto, que debería estar trabajando en el rancho.

Auritz asintió comprendiendo perfectamente la situación. Los padres de Jaxon, dueños de un rancho lechero a las afueras de Valencia, no desaprovechaban ninguna oportunidad para reprochar la elección laboral de su hijo, porque querían que continuara con el negocio familiar, que heredara la tierra y las cabras; pero Jaxon, con su amor por la literatura y su espíritu rebelde, había optado por un camino diferente, ganándose la presión de sus padres por conservar la tradición familiar y la expectativa de perpetuar el legado.

—Ya sabes cómo son —trató de consolarlo.—No lo hacen con mala intención, sólo quieren lo mejor para ti, a su manera ―le dio media sonrisa.

—Lo sé —su amigo aceptó de inmediato, aunque su tono no reflejaba la misma comprensión; —pero es agotador. Constantemente me hacen sentir que no soy como ellos quieren que sea. Siento que no entienden mi pasión por los libros. Es como si para ellos mi librería fuera mi pasatiempo y no un trabajo de verdad.

La camarera interrumpió la conversación, dejando las bebidas sobre la mesa, para que enseguida, Jaxon tomara un largo trago de su cóctel. —Y lo de la novia es el colmo ―después del breve silencio, continuó con hastío. ―Cada vez que los veo la pregunta es la misma: "¿Y la novia, Jaxon? ¿Cuándo nos vas a presentar a la futura señora del rancho?"

Auritz soltó una risita amarga, ya que él también tenía sus propios fantasmas en lo que respecta al amor.

—Ya sabes lo que pienso de eso —la voz y la expresión de Auritz se ensombreció. —Las mujeres son un misterio. Un laberinto del que es mejor no intentar escapar.

Jaxon lo miró sorprendido. Su amigo, con su apariencia serena, rara vez dejaba ver su lado vulnerable.

—¿Todavía sigues con eso? —cuestionó con curiosidad y precaución. —¿Por lo de… ya sabes?

Auritz asintió, había sufrido una traición años atrás, y lo peor era que fue en la única relación seria que había tenido.

—Fue suficiente para mí —contestó con frialdad. —Una vez es bastante. Prefiero que sean sólo amigas ―señaló con la vista hacia la pista de baile, haciendo alusión a Danna y a Valeria. ―Sin dramas, sin expectativas, sin corazones rotos.

Jaxon comprendió a la perfección, sabía que la herida de Auritz aún no había cicatrizado.

—Yo no sé si me atreveré a intentarlo —confesó Jaxon con una sinceridad inusual. —Me da miedo. Miedo a que me lastimen, a que me rompan el corazón. Me gusta la libertad, la independencia, pero también me gustaría tener a alguien con quien compartir mi vida.

Auritz lo miró con una mezcla de entendimiento y empatía. —Lo entiendo, amigo; pero sigue siendo un riesgo, y en ocasiones el riesgo no vale la pena.

La noche continuó con conversaciones más profundas y risas más sinceras. El bar se vació gradualmente, y el cansancio comenzó a apoderarse de ellos, hasta que finalmente decidieron regresar a casa, por lo que se despidieron de las dos mujeres.

Caminaron juntos por las calles vacías bajo la luz pálida del amanecer, y envueltos en un silencio cómodo, una clara e indudable señal de la profunda amistad que los unía. Al llegar al edificio donde ambos vivían, subieron las escaleras y se despidieron con un abrazo, para que Auritz subiera un piso más, mientras que Jaxon abría la puerta de su departamento.

Aunque sintió el cansancio en cada músculo, se despojó de la ropa, se metió en la cama y cerró los ojos, deseando que el sueño lo arrastrara rápidamente; pero antes de que pudiera conciliar el sueño, su teléfono sonó. La pantalla con el nombre de su madre se iluminó.

—¿Hola, mamá? —respondió con voz somnolienta.

—Jaxon, cariño, ¿estás despierto? ―preguntó con interés, sin detectar el cansancio en la voz de su hijo.

—Sí, mamá. ¿Qué pasa? ―aunque sus padres siempre se levantaban temprano, su madre solía llamarlo generalmente por las tardes, así que le pareció un poco extraño que le llamara a esa hora.

—¿Vas a venir al rancho para las fiestas de junio? ―exhaló con pesadez, sintiendo una punzada de irritación. ―Tu padre quiere que estés allí ―no quería hablar del rancho, no quería hablar de su padre, no quería hablar de nada que lo alejara de la tranquilidad que había logrado.

—Ya veremos, mamá. Estoy muy ocupado con la librería…

—Jaxon —la voz de su madre lo interrumpió, sonando repentinamente tensa —…tu padre… no está bien ―las palabras lo hicieron sentir un escalofrío que le recorrió su cuerpo.

¿Qué quería decir con eso? ¿Qué estaba pasando?

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