Afuera del Hospital San Gabriel, la Porsche Cayenne negra estaba estacionada con la ventanilla abajo.
Iván descansaba el brazo en el marco de la puerta, con la vista clavada en una de las ventanas del segundo piso.
A través de la cortina delgada, todavía se alcanzaba a distinguir una sombra moviéndose adentro.
—La vieja está armando un buen alboroto, los tiene a todos ahí metidos de un solo golpe —comentó Diego desde el asiento del copiloto, rompiendo el silencio con un tonito burlón.
Iván, qu