Lucas Rafael Montenegro tenía noventa y dos años cuando sintió que su tiempo se acercaba. Esa tarde de noviembre, pidió que lo llevaran a la terraza una vez más. El sol comenzaba a bajar y teñía el mar de tonos dorados y anaranjados. Lucía y Diego, sus hijos, lo acompañaban en silencio, sabiendo que este momento era especial.
Se sentó en el mismo sillón de siempre, aquel que había pertenecido a su bisabuelo Lucas. El viento era suave y traía el aroma de las cayenas que aún florecían en el jardí