SERA
Gianna despertó jadeando, con el cuerpo sacudiéndose como si la hubieran arrancado de aguas profundas. La habitación estaba oscura, salvo por la luz de la calle que se filtraba a través de las persianas, pero la pesadilla seguía pegada a su piel.
Escuchó los pasos. Una puerta abriéndose. Esa voz.
—No llores, palomita.
Se le revolvió el estómago. Apretó los ojos con fuerza y el resto regresó de golpe de todos modos: la furgoneta, la venda en los ojos, el almacén, los hombres riéndose mientr