SERA
Para cuando llegué al campus, ya estaba funcionando con pura adrenalina y malas decisiones.
Mi cabeza se sentía rellena de algodón, me ardían los ojos como si no hubiera parpadeado en días, y cada paso por el patio se sentía ligeramente torcido, como si el suelo ya no fuera estable bajo mis pies.
Apreté mi bolso con más fuerza contra mi costado, caminando más rápido de lo necesario, como si pudiera dejar atrás el peso que me oprimía el pecho.
Claro que no funcionó.
Nunca funcionaba.
Porque