El anillo arde en mi dedo, me taladra hasta llegar a lo más profundo del hueso mientras una pesadez en el pecho repiquetea de continuo. Lo peor no ha sido recibir a los hombres de Ahmed y montarme en un pedestal de hielo en un día soleado. Por mucho que pretendiese dármelas de gran señora, el mundo se ha derretido bajo mis pies.
—Venga, señorita que, si no, el jefecito nos regañará —me ha dicho un tipo cuyo nombre no conozco. Aunque mide casi dos metros, mencionar a su líder le ha hecho temblar