Luciana y doña Caridad volvieron a casa alrededor de las dos de la tarde. Emiliano la recibió con una expresión de profunda seriedad.
—¡Toda la mañana en ese bendito hospital! —reclamó en tono enérgico.
Lu se sobresaltó al escuchar el tono de la voz de él.
—¡No me grites! —rebatió con firmeza, lo miró a los ojos—, no en frente de mis hijos —advirtió.
Mike se puso alerta, apretó sus puños. Dafne se hizo para atrás, miró al hombre que gritaba parpadeando.
Emiliano resopló y relajó un poco su