Escucho mi alarma sonar y la apago con un gesto automático. Me froto los ojos y, al apartar las manos, veo el techo de mi cuarto. Me asomo bajo las cobijas y confirmo que sigo desnudo.
Los recuerdos de la noche anterior regresan a mi mente. Recuerdo cómo Citlali insistía en que me tocara para verla mejor, e incluso quería que gimiera. Tuve que fingir, aunque ella nunca lo sabrá. Si se enterara, probablemente se enojaría y me reprocharía que su cuerpo no me provoca lo suficiente.
La verdad e