La penumbra de la tarde cayó sobre el dormitorio de la suite, trayendo consigo el fin del letargo inducido por los fármacos. Valeria abrió los ojos lentamente, pero el raciocinio no trajo paz, sino el peso aplastante de la realidad. De inmediato, adoptó su posición de autodefensa: encogió las piernas contra el pecho y escondió el rostro entre las rodillas, desbordándose en un llanto incontenible.
—Díganme que no es cierto... por favor, díganme que es mentira —suplicaba en un murmullo quebrado,