La camioneta rústica todo terreno devoró el último tramo de la carretera empedrada, adentrándose en los dominios de una exclusiva y centenaria hacienda andina asentada en las faldas del majestuoso volcán Cotopaxi. Al apagar el motor, la atmósfera que envolvió a los viajeros poseía una pureza glacial; el viento del páramo soplaba con fuerza, arrastrando el aroma a pajonal, tierra húmeda y eucalipto. El paisaje era sobrecogedor: el colosal cono perfecto del volcán, coronado por nieves perpetuas,