Las manos de Ji-hoon reanudaron aquel recorrido que Valeria ya había memorizado en su piel, ese mapa secreto que él trazaba con dedos de músico —precisos, insistentes, capaces de arrancar de ella sonidos que ni ella misma conocía. Recorrieron su espalda con lentitud deliberada, ascendiendo hasta encontrar la suave curva de sus pechos, y los gemidos que escaparon de la garganta de Valeria —ahogados, urgentes, absolutamente indecentes— sirvieron como combustible para la propia excitación de él.
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