“Te lo dije, yo invito”, repitió con voz serena, sin levantar la vista.
Lo miré en silencio durante unos segundos.
“No”, dije en voz baja. “No se trata de la cuenta”.
Finalmente levantó la vista.
“¿De qué?”
Asentí levemente hacia su teléfono.
“Ya lo has mirado cinco veces”.
Automáticamente puso la mano sobre la mesa, como para tapar el teléfono.
“Es costumbre”.
“Mentiras”.
Arqueó ligeramente la ceja.
“¿Siempre eres tan atrevida en los restaurantes caros?”
“Siempre soy así cuando alguien finge q