—¿Te gustó Filipe? —mamá me acerca una taza de té y se sienta frente a mí.
—Normal —respondo con calma, casi sin entonación.
—¿Normal? —me observa con atención—. ¿Y eso es todo?
La sensación de falta de salida no me abandona. Me sigue como una sombra.
Lo que me asusta es otra cosa: toda la noche, sentada a la mesa, me sorprendí imaginando en el lugar de Filipe… a Miguel. Su imagen aparece de forma inesperada, insistente, sin pedir permiso. No me deja vivir tranquila, respirar, mirar a mi alrede