Sofía se detuvo en la parte superior de las escaleras con una mano en la barandilla.
Debería haber bajado directamente.
Ya no había nada allí que le concerniera, solo un certificado esperándola en una caja fuerte arriba.
Pero sus pies permanecieron donde estaban en el rellano, y se encontró escuchando la voz alegre de Clara mientras hablaba, de la misma manera que solía escuchar en ese mismo lugar el sonido de las llaves de Dante.
—No sé cómo hacer este problema —dijo Clara, encorvada sobre la