—¡Sofía! ¿Qué crees que estás haciendo?
La voz furiosa de Alejandro atravesó la sala de estar, rompiendo el silencio de la casa.
Subió las escaleras casi corriendo y enseguida vio la puerta abierta de la habitación de los recuerdos, con la cerradura forzada colgando inútilmente del marco. Una vena palpitó visiblemente en su sien.
—¿Quién te dio permiso para entrar ahí? ¿Tienes idea de lo ilegal que es esto?
María, que por fin tenía apoyo para sentirse más valiente, se sujetó la muñeca dolorida